Capítulo 942
Rosana miró al tipo que estaba tirado en el sofá:
-¿Y tus muchachos? ¿A dónde se fueron todos?
Por la mañana, Sara le había dicho que Dionisio no había venido porque estaba enfermo. En ese momento, pensó que era solo una excusa. Pero vaya sorpresa, resultó que de verdad estaba enfermo.
Parece que la gripe que llega con los cambios de clima lo había golpeado con fuerza, y ahora estaba segura de que él le había pasado el contagio.
Rosana se quedó mirando a Dionisio por un buen rato, y él no dio señales de vida. Se acercó y tanteó el bolsillo del pantalón del tipo, sintiendo lo caliente que estaba su cuerpo. Sacó el celular de Dionisio, lo desbloqueó y abrió la libreta de contactos.
Ella conocía la contraseña del teléfono de Dionisio y sabía que siempre tenía un par de secretarios a su lado: uno para asuntos personales y otro para el trabajo.
El secretario que había traído al médico era el encargado de sus asuntos personales. Marcó el número, y al otro lado contestaron al instante:
-Sr. Jurado, ¿necesita algo de nosotros?
-Necesito que vengan a llevárselo.
Al escuchar la voz de Rosana, el secretario dudó un momento:
-¿Qué le pasó al señor?
-Está enfermo.
Rosana colgó sin más, sin ganas de extenderse en explicaciones. En poco tiempo, el secretario llamó a la puerta. Rosana se acercó y abrió, efectivamente, el secretario había llegado con el
médico.
Ella dio un paso atrás:
-Está por allá.
El secretario se apresuró junto con el médico, y efectivamente, Dionisio no tenía buen aspecto. El médico le tocó la frente y de inmediato afirmó:
-El señor Jurado tiene fiebre.
Rosana intervino:
-Llévenselo.
Dicho esto, regresó a la habitación principal, sin querer ver más al muchacho afuera.
En la cama, Rosana se revolvió durante un buen rato, observando la botella vacía colgada junto
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al cabecero. Ese tipo había estado a su lado hasta que terminó con la transfusión antes de
marcharse.
Pero todavía se sentía molesta por las mentiras que le había contado.
Afortunadamente, Dionisio no había mencionado nada sobre la familia Jurado o la familia Montes, porque eso la habría enfurecido aún más.
Con el tema de la muerte de sus padres, ella no estaba dispuesta a ceder ni un poco.
Rosana escuchó el sonido de la puerta cerrándose desde afuera. ¿Se habrían ido ya?
Había dormido tanto que ahora no podía conciliar el sueño. Se levantó y fue a la sala, solo para encontrar al tipo todavía allí, en el sofá, con una aguja en el brazo y recibiendo suero.
¿Todavía no se había ido?
Rosana tomó su teléfono y llamó al secretario, pero nadie contestó.
Qué barbaridad.
Volvió a intentar con el otro secretario y nada.
¿Qué estaba pasando?
Hace un momento, cuando llamó, contestaron de inmediato. ¿Ahora ninguno iba a responder?
En ese instante, decidió llamar a Óscar, y él contestó al instante:
-¿Qué pasa? Estoy ocupado.
-¿Tan ocupado estás?
-¿Rosana?
Óscar pensó que era Dionisio quien llamaba, pero resultó ser Rosana.
Ella respondió con un tono frustrado:
-¿Por qué los secretarios de Dionisio no contestan?
-Eso sí que es raro, pero, ¿está Dionisio contigo?
-Sí, está enfermo, recibiendo suero en el sofá. ¿No debería ir al hospital y estar mejor allá?
Óscar captó el mensaje de inmediato y dijo:
-En cuanto termine aquí, voy para allá.
Rosana no tuvo más que colgar.
Miró al tipo que seguía en el sofá y finalmente fue a la habitación a buscar una cobija que pusc sobre Dionisio, para que no se enfermara más.
¡Qué fastidio!
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Ella también era una paciente ahora.
Rosana no queria encargarse de Dionisio, pero él había estado cuidándola antes.
Tomo una cobija gruesa, se sentó en el suelo al lado del sofá y puso una alarma, temerosa de quedarse dormida.
El tiempo pasaba lentamente.
Dionisio se desperto, mirando el techo de la sala, recién dándose cuenta de dónde estaba. Recordaba haber salido del apartamento.
Giró la cabeza y vio a Rosana a su lado, lo cual le llenó el pecho de una calidez indescriptible.
No pudo resistir la tentación de bajar la cabeza para besarle la frente a Rosana.
En ese momento, sono la alarma, y Rosana levantó la cabeza de golpe, chocando con la barbilla de Dionisio.
Ambos soltaron un quejido al mismo tiempo.

