Capítulo 934
-Javier no se movió-. Ve a tu cuarto primero, yo termino aquí y te busco.
Dicho esto, la soltó.
Sara corrió de regreso a su cuarto sin mirar atrás, con pasos algo torpes.
Apoyó la espalda contra la puerta del cuarto y, sin pensarlo dos veces, la cerró con seguro para que él no pudiera entrar.
Sentada en la cama, algo no le cuadraba. Sacó su celular y le envió un mensaje a sus
contactos para averiguar qué problema había surgido entre la familia Jurado y la familia
Montes.
Especialmente con Dionisio, ¿por qué no se había aparecido hoy?
Seguro había pasado algo, y necesitaba averiguarlo.
Antes, cuando estuvo retenida por la gente de la familia Chavira, fue Rosana quien ideó un plan para sacarla. Ahora le tocaba a ella hacer su parte.
Mientras pensaba en eso, estaba atenta a cualquier ruido fuera de la puerta.
Escuchó los pasos de Javier salir de la cocina y acercarse a su puerta. En ese momento, su corazón se aceleró.
Pero después de un rato, no se escuchó nada.
Al oír que se alejaba, Sara respiró aliviada. ¿Que se quedara esperando en el cuarto? ¡Ni en
sueños!
Con eso en mente, logró dormir tranquila.
Sin embargo, a media noche, sintió como si un peso la inmovilizara, casi no podía respirar.
Al abrir los ojos, descubrió que alguien la estaba besando.
Instintivamente intentó resistirse, pero sus manos tocaron un pecho firme y conocido. ¡Era él!
Javier sujetó sus manos y, en un murmullo, dijo:
-Soy yo.
-Lo sé.
Javier sonrió.
-¿Cómo me reconociste?
No pudo evitar inclinarse para besarla de nuevo, su voz era un susurro áspero:
-No hagas ruido, no queremos que nos escuchen.
Sara se sonrojó.
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Capítulo 934
-No tienes vergüenza.
-Solo te estoy dando un beso, nada más.
Javier no era tan desubicado como para querer algo más en ese momento.
La miró fijamente.
-¿No quieres saber qué pasa con la familia Jurado? Iré a ver qué ocurre.
Al oír esto, Sara dejó de resistirse.
-¿De verdad?
-Sí, iré pronto. Si no regreso, no salgas sola.
-Está bien, ve pronto.
Sara también estaba ansiosa.
Javier no se movió, susurró:
-Déjame darte otro beso.
-¡No tienes vergüenza!
-¿Me dejas?
Sara lo pensó un momento, cerró los ojos.
-Pero rápido.
Javier se inclinó rápidamente, apoyándose sobre ella, sus músculos tensos. Planeaba solo un beso, pero al verla tan dócil frente a él, no pudo evitar querer aprovecharse un poco.
Sara, con el rostro encendido, le sujetó la cabeza, mordiéndose los labios. ¿Cuánto más iba a seguir?
Finalmente, Javier se detuvo, le acomodó el camisón y le devolvió los tirantes a sus hombros.
Sin encender la luz, solo podía verla gracias a la débil luz que entraba desde afuera.
Le cubrió con la cobija, sabiendo que si no paraba ahora, no podría hacerlo más tarde.
-Espérame a que regrese le dijo en voz baja.
Sara se cubrió la cabeza con la cobija, sin querer responderle. Con el rostro ardiendo, se volteó, aún sintiendo su presencia.
Era un descarado, ¡y había prometido que solo sería un beso!
Javier salió del cuarto, echó un último vistazo alrededor y dejó el apartamento sin hacer ruido.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo Sara al despertar fue ir a ver si Javier había
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regresado.
Lo encontró en la cocina, preparando el desayuno.
El tipo llevaba puesto un delantal, se veía imponente y poco amistoso, pero, ¿quién habría pensado que cocinaba tan bien?
Sara se acercó apresurada:
-¿Averiguaste algo?
Javier la miró de reojo:
-¿Me dejarás besarte otra vez?
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